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Hace unos meses “acompañé” a mi hijo al cine para ver Assassin’s Creed. Intentando resumir, la película trataba sobre unos tíos vestidos de monja que, mientras hacen parkour, se pasan a cuchillo a todo semoviente que se les atraviesa en el vector que se podría trazar entre sus narices y una manzana cibernética, que a su vez es un cruce entre la bola de Pokemon Go y un Bakugan. Todo lo demás, puro artificio. El caso es que pasé un buen rato pensando en el poder de una marca: Assassin’s Creed. Assassin’s Creed es una serie de videojuegos que datan del año 2007 y que están basados en una novela de un autor esloveno, Vladimir Bartol, que se titulaba Alamut, y que prácticamente nadie conoce porque su marca era una mierda. Sin embargo, con la película ha pasado lo contrario: el cine estaba abarrotado, aunque la película era una mierda, porque la marca es excepcional.

También hace unos meses era noticia que Mc Donald´s estudiaba vender su negocio hostelero (más de 2.200 restaurantes en China) para centrarse en lo que ellos consideran determinante: la marca. Eso les permite desligar sus esfuerzos de las operaciones mundanas del día a día -picar y amasar carnaca, limpiar bandejas, cambiar bombillas y esas cosas- para centrarse en lo que realmente aporta valor: la mercadotecnia y la imagen global.

Recuerdo un comentario que hizo, hace muchísimos años ya, Patxi Doblas, profesor de historia de la publicidad en la UPV: “Si Coca~Cola quebrase mañana, gracias a la fuerza de su marca tardaría 24 horas en volver a dar beneficios” Le miramos con esa cara de mostrencos que ponemos los alumnos ante frases rimbombantes, y seguimos con nuestras vidas. Sin embargo, a mí, aquel comentario se me quedo rebotando por algún lugar entre las dos orejas, dotando para siempre de un universo de significación a la publicidad corporativa, que aunque es mucho más intangible que las campañas de producto o servicio y, resulta más determinante en el largo plazo. Tanta razón tenía Patxi que Coca~Cola hace ya muchos años que vendió sus operaciones en el ámbito internacional para dedicarse en exclusiva a gestionar su marca que, por cierto, un año más ha resultado ser la más valorada en España.

El fabricante de electrodomésticos turco Arçelik, compro los derechos de la marca Grundig en Europa por 50.000.000 €.

Pero esto no sólo pasa con el sector de bebidas y alimentos. Es algo mucho más habitual de lo que creemos. Algunos lo hacen por vocación y otros porque no les queda otra. Entre los años 50 y 70 hubo grandes marcas alemanas que alcanzaron un nivel de prestigio extraordinario y que, financieramente, no pudieron hacer frente a los 80 y a los 90 (y exclusivamente por los pelos cardados y las hombreras). Hace un par de años Amazon me hizo una “propuesta” en función a mi historial de navegación: un transistor Grundig. ¿Todavía existía esa marca? Con curiosidad seguí el enlace y me encontré frente a un producto medicre. Lo primero que pensé fue: ¿Cómo puede Grundig, el fabricante de la prestigiosa serie de receptores multibanda Satellit, ofrecerme un radio-despertador chinorris con este aspecto tan deplorable? ¿Qué había pasado? Entré en la web del fabricante alemán y vi que sus productos no eran nada del otro mundo. Busqué directamente en google el término “Satellit 750” y descubrí que la serie de prestigiosos receptores la seguía fabricando Eton, una corporación norteamericana que mantiene la licencia de uso del nombre Grundig desde mediados de los 80, fecha en la que la alemana entró en bancarrota. Seguí indagando y descubrí que Grundig, ahora, ofrece lavadoras y secadores de pelo. ¿A qué se debe ese cambio de estrategia? Sencillamente, a que los derechos de la marca en Europa fueron comprados por el fabricante turco de electrodomésticos de línea blanca, Arçelik A.S. por 50.000.000 de dólares. La empresa, hoy en día, no es más que una gran marca que pasó de tener 10.000 empleados por todo el mundo a los 140 que conserva en su sede central en Nuremberg dedicados, principalmente y como no podía ser de otra manera, a marketing y ventas.

Pero tampoco estamos ante un caso aislado. Blaupunkt, otrora prestigiosa empresa del grupo Robert Bosch, muy centrada en el audio y la navegación para el automóvil, ha ido un peldaño más allá, y cansado de bregar con el mercado y el desarrollo de nuevos productos en un entorno altamente competitivo, se ha centrado en lo que realmente les da pasta: la marca. Es por ello que, mientras que en mercados como el español sólo comercializan sistemas de seguridad (que tan siquiera fabrican) en otros mercados internacionales ofrecen todo tipo de productos: desde sistemas de navegación hasta cocinas o secadores de pelo. ¿Cómo es posible? Sencillamente licencian su marca a terceros fabricantes para que se aprovechen de las bondades de la misma, y no sólo lo hacen, sino que es un servicio que ofrecen directamente desde el apartado “licencias blaupunkt” de su propia web. En esta página se glosan algunas de las ventajas de asociar un producto a su marca, de las que yo resalto, principalmente, estas:

  1. Beneficiarse directamente del gran valor añadido de la marca, en lugar de dedicar tiempo y dinero a crear y posicionar una nueva.
  2. Superar las barreras y ahorrar tiempo de entrada en nuevos mercados.
  3. Incrementar los beneficios con mayores márgenes logrados en el mercado.
  4. Aumentar la eficiencia y la flexibilidad gracias a una mayor concentración en la gestión del producto como consecuencia de la transferencia exitosa de las actividades de marca y venta.

El negocio está muy bien pensado. No puedo competir con las marcas de mercados emergentes, que producen mucho más barato, así que me centro en seguir cultivando mi querida marca y te la alquilo. A cambio me encargo de supervisar y dirigir tu comunicación, tu presencia en ferias e incluso, de manera opcional, apoyo activo en la distribución.

Tal vez la máxima expresión de este sistema de licencia sea el de la Telefunken Partner Alliance, que conscientes de que 112 años de historia no pueden irse al garete por una simple quiebra, formó en el año 2009 una alianza entre más de 35 empresas, presentes en 120 países, con el fin de preservar los valores de marca tradicionales de Telefunken (y, a ser posible, no sus esquemas de costes y estrategias financieras)

Los ejemplos no acaban aquí: se suceden, principalmente, con bienes de consumo conocidos por el gran público… o por el menos grande y más selecto. Es el caso de  Hispano Suiza en nuestro país. El otrora internacionalmente aclamado constructor de vehículos de lujo catalán, espera agazapado su oportunidad, como en su día lo hizo Bugatti, tras ser comprado por el grupo VAG. Y es que por años que puedan pasar, las buenas marcas son muy conscientes del gran valor que poseen, y que va mucho más allá del de su capacidad de producción.